Secretariado de Peregrinaciones de la Diócesis de Jaén - Crónica de la Peregrinación a Tierra Santa
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Crónica de la Peregrinación a Tierra Santa PDF Imprimir E-Mail

¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor!

     El título que he dado a esta crónica recoge el sentimiento que latía en el corazón del grupo de peregrinos diocesanos que la madrugada del día 22 de junio emprendíamos el viaje desde Jaén al País de Jesús. Éramos un grupo formado por 46 personas, entre los cuales varios religiosos que celebraban sus bodas de plata. Todos, tanto los que viajaban a Tierra santa por primera vez, como los que ya lo habíamos hecho en ocasiones anteriores, teníamos el deseo sincero de encontrarnos con el Señor en los lugares que Él santificó con su presencia y que fueron testigos del Misterio de nuestra salvación. Y el Señor nos lo concedió con creces, porque una vez más pudimos constatar que peregrinar a Tierra Santa es un don y una gracia muy especial del Señor.

     Sería imposible recoger en tan breve espacio todos los momentos y lugares visitados a lo largo de esta semana que ha supuesto para todos una intensa experiencia de evangelio. Quiero, no obstante, consignar algunos regalos que el Señor nos ha hecho a lo largo de la misma.
     El primer regalo fue la presencia del Padre Gonzalo. Franciscano mexicano del convento de Jaffa, que nos guió con su conocimiento del país y su espiritualidad, sencilla y profunda, por aquellos santos lugares. Desde estas líneas nuestro reconocimiento más sincero a la Orden de Frailes menores que, mediante la Custodia de Tierra Santa, siguen siendo un bastión de la fe cristiana para acoger y guiar a los peregrinos del mundo entero que nos acercamos a la Tierra de Jesús.
     El segundo regalo lo descubrimos con sorpresa al amanecer del día 23: nos alojábamos en el mismo Monte de las Bienaventuranzas. A nuestros pies el lago de Galilea, sereno como un espejo, nos traía el secreto de la vida cristiana: “Bienaventurados”. “Felices” los que escuchan la palabra del Señor y le siguen. Allí Jesús llamó a los primeros discípulos, y nos llamaba a nosotros a recorrer la entraña del evangelio en la peregrinación interior del alma que íbamos a recorrer en los días sucesivos. Después Caná de Galilea, donde los matrimonios renovaron su alianza de amor bajo la mirada de Jesús y de María. ¡Cuánto gozo en los rostros y complicidad en las miradas al salir de la pequeña iglesia que recuerda el primer signo de Jesús! Y por la tarde: Nazareth. Momento sublime del día cuando nos pudimos sentar a la puerta de la casa de María para celebrar la eucaristía y a dejarnos empapar con sencillez de aquel momento culminante de la historia en la que “El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros”. Lugar de fidelidad y entrega a los designios del Padre, por eso allí nuestros hermanos religiosos realizaron la renovación de su consagración en el 25 y 50 aniversario de la misma. A imitación de la Virgen Santísima, pronunciaron su “Fiat” para seguir siguiendo a Cristo pobre, virgen y obediente.
     Otro regalo lo tuvimos en Tiberíades. Subidos a una barca, en mitad del lago, contemplábamos con nuestros propios ojos lo que un día vieron los del Señor. Allí rememoramos la “Tempestad calmada”, la “pesca milagrosa”. Y las “apariciones del Resucitado” en el borde oriental, en la Iglesia del Primado. Recuerdo vivamente los sentimientos de mi alma en aquellos sitios: “¡No tengas miedo! Aunque las olas crezcan, tú estás en mi barca. Mis manos te sostienen. Estás asentado sobre la roca firme de la fe apostólica”. Después el Tabor, con Jesús transido de gloria en la cima, nos hizo desear –como a los apóstoles- permanecer en la intensidad de aquella luz que disipa las tinieblas y fortalece el alma.

     “Ya están pisando nuestros pies, tus umbrales Jerusalén”.

     La experiencia de Jerusalén fue el tesoro de esta peregrinación. Acompañar a Jesús en el momento culmen de su Misterio Pascual y revivir los acontecimientos de nuestra Redención nos hicieron vibrar en lo más hondo del corazón. Para los sacerdotes, la eucaristía celebrada en el Cenáculo franciscano fue un momento de intimidad con el Señor que nos invitaba a renovar nuestro seguimiento en el servicio a su Iglesia. Del mismo modo, poder celebrar la misa en la roca del Calvario y adentrarnos en el sepulcro vacío del Señor trajo a todo nuestro grupo sentimientos de gratitud y alabanza difíciles de expresar. Sobre todo era su presencia: “¡No está aquí: ha resucitado!”. Jesús está vivo, y en aquel sitio, como en Emaús, se puede sentir su cercanía que comunica vida y esperanza.
     En nuestra peregrinación a la ciudad santa tuvieron especial significación las visitas al Huerto de los olivos, donde permanecimos largo tiempo en oración, así como a la Cárcel del Señor en la Iglesia de San Pedro “in gallicantu”. En aquellos lugares, bajo los olivos, o en la oscuridad de la cisterna que le sirvió de presidio nos unimos a la angustia y soledad del Redentor. En aquel lugar oramos por todas las personas que se ven en situaciones de tristeza, abandono y angustia, y pudimos comprender el alcance del amor del Señor por la humanidad, al mismo tiempo que nos invitaba a compartir las angustias y tristezas de nuestros hermanos los hombres.
     Han sido tantas las vivencias que nos ha concedido el Señor que, como antes dije, necesitaría mucho espacio para poder ponerlas por escrito; pero no quiero dejar pasar de largo otro de los grandes regalos que el Señor nos ha concedió a todos en esta peregrinación. Pongo especial énfasis en resaltar la convivencia fraterna y jovial  que hemos experimentado entre todos los peregrinos. Cada uno con su historia personal, con sus alegrías y preocupaciones, con sus preguntas íntimas y su deseo de luz hemos constituido un mosaico en el que ha brillado la luz de la fe y la solicitud de la caridad. Para mí, que escribo estas líneas, es un deseo imperioso el querer agradecer a cada uno de los peregrinos el bien que me ha hecho. De modo especial quiero, también, resaltar la tarea llevada a cabo por D. Julio, nuestro Delegado. Agradecer su preocupación y pericia, su saber hacer y su simpatía para con todos.
     A la vuelta de nuestra peregrinación, pudimos expresar en voz alta las vivencias y los sentimientos. Cuanta sinceridad y emoción en aquellas palabras salidas del corazón para agradecer a Dios y entre nosotros el éxito de estos días vividos en el Señor con la compañía de los hermanos. Los objetivos se han cumplido, porque creo que después de haber pisado aquella tierra bendita, todos  hemos vuelto con el deseo de ser más santos. Que Jesús, el Señor resucitado, que está siempre con nosotros, nos conceda mediante su Espíritu renovar cada día los sentimientos que emanan del recuerdo de haber puesto nuestros pies sobre las huellas de los suyos.

     José López Chica, sacerdote

 
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